Trump no está loco. Mantiene la línea de acción de un programa estudiado y escrito previamente por gente muy cuerda y siempre habla de lo que él quiere que se hable.
Alex Karp, CEO de
Palantir
Miguel Toro
28
de julio de 2026
Estamos
viviendo unos momentos en los que vemos cómo los algoritmos de Inteligencia
Artificial (IA), las inteligencias artificiales, pueden procesar enormes
cantidades de datos y a partir de ellos proponer soluciones a problemas
técnicos y sociales. En definitiva, ayudar a gestionar un mundo cada vez más
complejo. Muchos se preguntan si la política sobrevivirá a la informática, si
es posible la política cuando se complican los procedimientos para la toma de
decisiones colectivas en un entorno de creciente complejidad, donde los
algoritmos son capaces de analizar datos y proponer soluciones.
Según
podemos leer en los periódicos, la IA (algoritmos de Inteligencia Artificial)
ha dejado de ser una mera promesa futurista para convertirse en una herramienta
indispensable. Su capacidad para aprender, adaptarse y optimizar procesos está
revolucionando muchos campos. Desde la automoción hasta la medicina, pasando
por el entretenimiento y la seguridad cibernética. La IA no solo está mejorando
los productos y servicios existentes, sino que también está abriendo nuevas
posibilidades.
Pocos
se preguntan qué propósito debería cumplir la IA, o si nuestra mentalidad,
nuestras instituciones y nuestros mecanismos de control actuales son capaces de
orientar la tecnología hacia mejoras generalizadas del bienestar humano.
Por
eso es esperanzador ver al papa León XIV pronunciarse sobre el tema en su
primera encíclica, Magnifica Humanitas, que recomiendo
leer. La Encíclica describe la trayectoria actual de la IA como una profunda
amenaza para la dignidad humana. Algunos economistas como Acemoglu
llevan mucho tiempo argumentando que los resultados impulsados por la
tecnología son una cuestión de elección, no de destino. Y se preguntan: ¿para
qué debería diseñarse la IA?
En
la Encíclica el Pontífice sigue a León XIII cuando
hablaba de “nuevos asuntos” (rerum
novarum), cuando dice que hoy debemos interpretar las grandes tendencias de
nuestro tiempo, en particular los avances de la técnica. En los últimos años se
ha hecho cada vez más evidente cuán rápida y profundamente la digitalización,
la inteligencia artificial (IA) y la robótica están transformando nuestro
mundo.
Hoy
nos corresponde asumir con lucidez y responsabilidad los retos de nuestro
tiempo. Es necesario adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de
salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionadores del poder
tecnológico. Pero la cuestión no se limita a la regulación. Debemos
preguntarnos con realismo quién detenta hoy ese poder y hacia qué fines lo
orienta
Citando
literalmente un apartado de la Encíclica: “102.
El uso de la IA nunca es un hecho puramente técnico:
cuando entra en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta a sus
derechos, oportunidades, reputación y libertad. Las decisiones delicadas que
repercuten en el trabajo, el acceso a créditos y a otros servicios, y la
reputación de las personas, corren el riesgo de ser confiadas completamente a
sistemas automatizados que no conocen «la compasión, la misericordia, el perdón
y, sobre todo, la apertura a la esperanza de cambio en el individuo», pudiendo
así producir nuevas formas de descarte. Puede haber usos evidentemente
antihumanos, como la manipulación de la información o la violación de la
privacidad, pero puede haber también un engaño menos evidente, cuando los
sistemas de IA, presentándose como neutrales y objetivos, reflejan y refuerzan
estereotipos o posiciones ideológicas de quienes los han diseñado y programado”.
Algunos como el Premio
Nobel Acemoglú añaden
que detrás de estas preocupaciones específicas subyace una idea fundamental: el
progreso tecnológico no es necesariamente progreso moral. Que algo sea
técnicamente factible no significa que sea beneficioso para la humanidad. Que
una tecnología sea deseable depende de quién la controla y de la ideología e
intereses que la guían.
Por
otra parte los
líderes de la inteligencia artificial ofrecen su propia narrativa.
El primero es Dario Amodei, de Anthropic, la empresa que ha creado el modelo de
lenguaje favorito de los programadores, Claude, que insiste en posicionarse
como la alternativa ética de
la inteligencia artificial. El segundo es Alex
Karp, de Palantir; Karp ―cofundó la empresa, junto a Peter
Thiel y otros, en 2003― siempre ha expresado en
público unas ideas belicistas y discutibles.
Así
pues, al comenzar 2025 tenemos, ligados al poder político, a un puñado de
tecnócratas convencidos de su superioridad intelectual, valentía y mérito
(¿cómo no hacerlo, si el mercado los ha refrendado convirtiéndolos en
milmillonarios, si pasan sus días intentando enviarnos a Marte o construyendo
una superinteligencia?), que tienen en sus manos empresas con una capacidad de
influencia nunca vista, conocedores de las dinámicas de la sociedad y sus
conflictos (recordemos que han inventado o controlan las redes sociales),
atraídos por la idea de un poder gubernamental ejercido con la mano dura de un
CEO totalitario a su imagen y semejanza, y sostenidos por unas convicciones
eclécticas confeccionadas a su medida.
Estas
ideas se han concretado de forma resumida en el Manifiesto
Tecnológico: Palantir, cuya lectura recomiendo para ver de
forma cruda las ideas del Poder Tecnológico. Enric Juliana
ha analizado el manifiesto y en su visión, este escrito marca un giro
ideológico hacia el "manifiesto futurista del siglo XXI" con un
trasfondo que roza el tecnofascismo […]. La versión extensa se puede
encontrar en República Tecnológica: Poder duro,
pensamiento débil y el futuro de Occidente.
No queremos entrar aquí exhaustivamente en el
contenido del manifiesto, solo citamos algunas
afirmaciones que contiene haciendo referencia al número romano que tiene
asignado en el manifiesto y algún comentario:
IV.
Los límites del soft power, de la retórica
brillante por sí sola, son hoy evidentes. La capacidad de las sociedades libres
y democráticas para imponerse exige algo más que un llamado moral. Exige hard
power, y el hard power de este siglo se basará en el software.
El eslogan interno de Palantir, «tu software es el sistema de
armas», pone de manifiesto la disolución de la frontera entre lo civil y lo
militar, y se entiende a partir de la fórmula que resume la propuesta de valor
de Palantir: «el hard power de este siglo se basará en el software».
XII.
La era atómica llega a su fin. Una era de
disuasión, la era atómica, llega a su fin, y una nueva era de disuasión, basada
en la IA, está a punto de comenzar.
Palantir se posiciona como la infraestructura fundamental de
un nuevo orden estratégico, recodificando la disuasión mediante la IA.
Como vemos el Papa y
los líderes de las grandes tecnológicas no están alineados. Frente a ellos el
Pontífice defiende la primacía de la dignidad humana y el bien común, que la
tecnología no es neutral y ha llegado a pedir "desarmar" la
Inteligencia Artificial (IA) —es decir, liberarla de la lógica de dominación,
control, guerra y exclusión corporativa. Para él, el ser humano no puede ser
reducido a un simple dato.
La visión de muchas
corporaciones está impulsada por el afán de lucro, el monopolio de los datos y
el tecno-solucionismo. Que es fundamentalmente la creencia ideológica de que
todos los problemas humanos, sociales y políticos tienen soluciones benignas y
cuantificables que se pueden resolver simplemente mediante software, algoritmos
o dispositivos. Podemos definirlo como tecnocentrismo, determinismo tecnológico
o fe ciega en la tecnología.
Las grandes
corporaciones de Silicon Valley priorizan la rentabilidad, la
escalabilidad y la competencia. Su modelo de negocio se basa frecuentemente en
la monetización de la atención, la explotación algorítmica y una concentración
de poder que escapa al control democrático.
Las dos corrientes
están en el mundo actual. La Encíclica
es un tratado ético en defensa del bien común.
El Manifiesto Tecnológico
expresa de una forma extrema la moral de los dueños de la IA.
Estamos en el siglo
XXI y muchos, para poner la IA al servicio del bien común, plantean un objetivo:
convertir los datos, la red y su gestión en un bien común y cambiar quién lo
posee y cómo los organiza. Pero hemos de plantearnos si es realista el objetivo
buscado. ¿La geopolítica va en esa dirección o la contraria?
Para abordar este
punto tomamos ideas prestadas del libro Viaje a un nuevo mundo de
Enric Juliana y Esteban Hernández.
El año comenzó con un manifiesto: el Nuevo
Mundo va a ser un lugar más duro y despiadado. […] la principal línea de fondo
es la voluntad de Estados Unidos de frenar a China. La Administración
norteamericana está dispuesta a hacer lo que sea necesario para acotar la
influencia de China en el continente americano y en Oriente Medio, e intentará
reblandecer la alianza entre China y Rusia, Estamos inmersos en un proceso de
recomposición que abarca todos los planos: geopolítico, político, social y
económico.
Esto está significando
la humillación de los dirigentes políticos europeos en beneficio de las
extremas derechas locales y topes a la silenciosa expansión de China en el
mundo, con un mensaje híbrido a Rusia: podemos entendernos, si enfriáis vuestra
alianza con China.
Trump no está loco.
Mantiene la línea de acción de un programa estudiado y escrito previamente por
gente muy cuerda y siempre habla de lo que él quiere que se hable.
Un Nuevo Mundo aparece. Pekín ofrece desarrollo
a los países ligados a él. Estados Unidos quiere reconstruir el orden
internacional; China, continuar con el de la globalización, con el
multilateralismo y la resolución de conflictos en unas instituciones
internacionales que le concedan mayor peso.
Washington aboga por la liberación de las
energías capitalistas, por la construcción de una esfera privada mucho menos
sujeta a las regulaciones y las normativas estatales. Las funciones típicas del
Estado y de las empresas ligadas a él están siendo reemplazadas en su función
por actores externos.
Todo poder necesita una legitimación. En el
caso del presidente americano actual la legitimidad que utiliza para justificar
sus reclamaciones no proviene de la superioridad civilizatoria de los viejos
imperialismos, sino de una suerte de venganza justa: nos lo habéis quitado, nos
lo debéis, lo necesitamos, lo recuperaremos. Es un tipo de moral que justifica
los intereses de unos pocos y es aceptada por una parte importante de los
ciudadanos.
En Europa el viejo establishment se lamenta del
emperador loco, pero no es capaz de ofrecer un proyecto geopolítico, político,
económico, social y moral en la era de los imperios. Algunos incluso parecen
desear ahora el hundimiento de la Unión Europea, para que los Estados
nacionales recuperen «soberanía». Existen en Europa fuerzas políticas
soberanistas cada vez más exitosas cuyo plan de futuro consiste en que se
debilite la Unión Europea y sus países se liguen más intensamente a Estados
Unidos.
El futuro está ofreciendo muchos cambios, pero
pocos que se orienten hacia el bien común y la cohesión social. Como vemos, la
situación geopolítica se presenta con una alianza de objetivos entre el poder
político en EEUU y el poder tecnológico de manera explícita y presentada sin
eufemismos, con China llevando a cabo un comunismo en planificación estatal
desarrollista, pero dejando un margen amplio a la iniciativa privada, con un
tipo de capitalismo a veces feroz, aunque siempre supeditado a los planes de
desarrollo que trace Pekín y Europa que no es capaz de ofrecer un proyecto
geopolítico, político, económico, social y moral en la era que vivimos. En esta
situación se presenta la Encíclica
del Papa, que defiende que ha llegado a pedir "desarmar" la
Inteligencia Artificial (IA) —es decir, liberarla de la lógica de dominación,
control, guerra y exclusión corporativa. Es una propuesta fundamentalmente
ética sin un poder político y tecnológico en que apoyarse.
Y la pregunta es: ¿Podrán las ideas de la Encíclica, orientadas a que se respete la dignidad humana y se busque el bien común, convencer a mayorías políticas que las defiendan en sus programas electorales y las conviertan en realidades, o simplemente la alianza del Poder Tecnológico y Político americano impondrá su control y se justificará diciendo que son ellos los que construyen el futuro con IA, cohetes y ciudades?